miércoles

Un altar para la madre

Un altar para la madre
Ferdinando Camon
Losada - 2002


Es grato recibir un libro como de regalo de cumpleaños. Y más grato es cuando ese libro es absolutamente desconocido. Y si hay algo que supera a todo eso es cuando en la lectura se produce el encuentro con la lengua del escritor. En Un altar para la madre esa lengua no es el español al que ha sido traducida, ni siquiera es el italiano original: la lengua de este libro es esa madre muerta, ese padre que construye el altar, ese sujeto narrador, es el tono íntimo de ese fantasma, el recuerdo, la vida en el campo, los silencios prolongados, el sentimiento fundido en aspereza de los padres campesinos. Atravesar este texto es atravesar una aventura íntima. El lugar del rezo, la permanencia del fantasma, la consistencia de la muerte. Ferdinando Camon es una sorpresa, al menos para mí. Su pluma se desliza por metáforas y anécdotas rayanas con lo autobiográfico. Es cierto: las referencias del escritor en su literatura, cuando lo escrito es ficcional, pasa exclusivamente por las fantasías del lector. Se puede imaginar a Camon en el campo viendo el cuerpo encorvado de su madre. Se puede adivinar la rudeza de la mesa familiar, el peso de una tradición de dedicación a un trabajo que termina siendo la vida misma. Esa madre que, una vez muerta, retorna y retorna. Camon hace un enroque interesante y se corre del lugar del espectador: ese retorno, entonces, se convierte en preguntas. Preguntas cuya posibilidad de respuesta (más allá de la respuesta concreta en sí) es un camino que se abre, incluso, a pesar de esa madre; del peso de ese personaje, inversamente proporcional a la ingravidez del alma muerta.

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martes

Almas muertas

Almas muertas
Nicolai Gogol
Clipper - 1947


Lo primero que vi cuando lo abrí fue el precio, dibujado a lápiz en el ángulo superior derecho: 800 australes. Es uno de los pocos sobrevivientes del puesto de libros que tuve en el parque Rivadavia. Lo encontré una tarde, en otro parque, en el puesto de otro librero que me hizo un precio preferencial por el contenido de unas cajas olvidadas bajo el mostrador. Siempre he sido muy paciente con libros a los que no he leido pero que llevo conmigo, mudanza a mudanza, circunstancia a circunstancia. Almas muertas me acompañó, en esa antinatural -para un libro- situación de no lectura durante 17 años. Hasta que leí una cita de Tolstoi en la que decía que esta novela era, a su criterio, una de las grandes obras de la literatura universal. Apenas pasadas las primeras páginas, caí en la cuenta de que, de algún modo, su título había atentado contra mis ganas de leerla. Esperaba una novela sombría, una narración apretada, floreada de palabras, barroca. Me encontré con una narración ágil, plagada de giros y contragiros interesantísimos, moderna por donde se la lea, inteligente y clásica. Las apelaciones al lector, la inclusión del escritor ya no como ojo omnipresente sino como un narrador heredado de la transmisión oral. Podría llenar la página de rerferencias (desde la metanarración: "La obra era representada por Pepe Pepinov y Pepa Pepovna. Los otros actores eran aún más desconocidos" hasta la conversión de la relación lector-escritor en un todo "¿Qué será de nuestro personaje?"), pero no hay nada como internarse en la prosa de Gogol y su maravilloso transcurrir. Quizás clasicismo sea leer las palabras escritas hace un siglo y medio y mirar alrededor y ver un mundo en el cual no falta un Chichikov que busca comprar almas muertas.

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miércoles

Mi oído en su corazón

Mi oído en su corazón
Hanif Kureishi
Anagrama - 2005


Mi relación con este libro comenzó con una adivinanza. El título de Kureishi ya había estado en mis planes de mi cumpleaños de 2006 pero, Ian McEwan y John Berger de por medio, el delantero inglés de origen pakistaní del dream team de la literatura inglesa, quedó para la Navidad. Mi amada me pidió que adivinase qué libro me iba a regalar. Y cón sólo ver el color crema de la colección de Anagrama, lo supe. Hasta que lo abrí, esperaba una novela de Kureishi sobre su relación con su padre. Y me encontré con una novela de Kureishi sobre su relación con su padre funcionario del montón y escritor frustrado. Sólo puedo hablar desde mí: es en la tensión entre hijo-escritor-édito/exitoso vs. padre-escritor-inédito/fracasado donde la escritura de Kureishi brilla. ¿Por qué escritura? Porque Mi oído en su corazón es dificil de encasillar: novela, autobiografía, ensayo, novela sobre novelas, biografía, crónica... Es como un jugo multifruta tomado en la playa. Uno disfruta del conjunto cuando el conjunto es armónico, suave. Sin embargo, el hechizo se rompe cuando en medio del trago asedado aparece una semilla, un trozo de cáscara, un hollejo, una esquirla de carozo. Ahí se pierde de vista la playa y todo se tiñe de ese fragmento molesto, de esa imperfección que viene a romper la ilusión del paraíso. Todo comienza con el encuentro no tan fortuito de un manuscrito. Un manuscrito que estaba destinado a llegar a sus manos como un legado. Este punto de contacto del relato con Ella de Henry Rider Haggard me predispuso a disfrutar de una otra aventura, ya no en tierras míticas, en compañía del saber, la fuerza y la belleza irresistible en busca de la vida eterna, sino en las tortuosas geografías del tiempo entre padre e hijo. Esa novela que Shanoo Kureishi entrega al editor de su hijo y que permanece en poder de éste hasta que, a 11 años de muerto Shanoo, hace entrega del manuscrito a Hanif. Es el hijo-escritor-édito/exitoso el que comienza a bucear en el texto desparejo de su padre, a cotejarlo con los escritos de su tío Omar Kureishi quien, de algún modo, parece ser el que indica, con sus ensayos novelados, un rumbo que la novela de su sobrino no termina de elegir. Cierta hipernecesidad de contextualización histórica de una historia sin tiempo hace que se cuelen un par de semillas molestas: obviedades marxistas; una tenaz llovizna periodísitca (sea o no un grado cero...); drogas, chicas y excesos pop de ciudad inglesa; una afortunadamente difusa tendencia a ciertos lugares comunes del bienpensar. Si uno logra sacar esas asperezas de la boca, si puede abstraerse y lograr no perder la sensación de paraíso por un rejunte de molestias menores, puede disfrutar de una búsqueda universal que se renueva en cada sujeto: el peso de la palabra del padre.

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